¡Fin al Bloqueo Politico, Comercial y Financiero de EE.UU. contra Cuba!

ERNESTO GUEVARA

Un hombre que sigue peleando

Ernesto Guevara de la Serna, aquel niño argentino, asmático y rebelde, llegó a ser un icono revolucionario que trascendió más allá de las fronteras de su pueblo de origen, para convertirse en ejemplo de quienes, en el mundo, aspiran a un futuro mejor

Por: ULISES ESTRADA LESCAILLE (cultura@bohemia.co.cu)

Ernesto Guevara de la Serna, el Che de quienes luchan por las causas justas, nació en la ciudad de Rosario, Santa Fe, Argentina, el día 14 de junio de 1928.

Desde muy pequeño fue Ernestito, para diferenciarlo del padre, y luego una niñera española que tuvo en Caraguatay le dio el sobrenombre de Teté, como lo llamarían la familia y sus más cercanos amigos. A los dos años de edad, tuvo el primer ataque de asma, enfermedad que lo acompañó durante toda su vida. Vencerla se convirtió en un reto para el pequeño. Esa lucha permanente desarrolló en él un carácter fuerte, un espíritu rebelde, de autodisciplina y control. Y lo elevaría más tarde a la categoría de héroe.

Durante sus 17 primeros años residió en la provincia de Córdoba, cursó la enseñanza primaria, la secundaria, se le despertó la pasión por la lectura, tuvo sus primeros amigos —Carlos (Calica) Ferrer, Alberto Granados y su hermano Tomás, Berta Gilda Infante (Tita) y María del Carmen Ferreyra (Chichina)— y comenzó a radicalizarse su pensamiento.

Aunque no fue fervoroso peronista, al producirse el derrocamiento de ese gobierno en Argentina, escribió a su madre:

“Te confieso con toda sinceridad que la caída de Perón me amargó profundamente, no por él, por lo que significaba para toda América, pues mal que te pese y a pesar de la claudicación forzosa de los últimos tiempos, Argentina era el paladín de todos los que pensamos que el enemigo está en el norte.”

Ya en aquellos momentos quedaba claro una incipiente definición de lo que luego sería un objetivo de por vida: la lucha contra el imperialismo norteamericano.

En 1947 rechazó su posible muerte por un ataque de asma y con claridad expresó a su madre sus ansias de lucha:

“El destino se puede alcanzar con la fuerza de voluntad. Morir si, pero acribillado por las balas, destrozado por las bayonetas (…) un recuerdo más perdurable que mi nombre es luchar, morir luchando.”

Una mirada a la América

“Como niño lo recuerdan rebelde y osado; como adolescente: rebelde y talentoso; como joven; rebelde y perspicaz, sensible y viajero. Lee libros antes de tiempo y comprende muy temprano la necesidad de la lucha armada. Por sobre el asma juega deportes violentos y tiene amigos mayores que él”, resumió la revista CUBA en el número especial por su caída.

Y junto con uno de esos amigos emprendió un viaje que sería definitorio en su vida. Junto a Alberto Granados, en 1952, salió a recorrer Suramérica en moto. De Córdoba, para Buenos Aires, Miramar y Bariloche; entraron en Chile y visitaron Osorio, Valdivia, Temuco, Santiago y Valparaíso; estuvieron en la gigantesca mina de cobre de Chuquicamata, para continuar hacia la frontera con Perú; fueron al lago Titicaca y se llegaron al Cuzco y las ciudades incaicas del Valle Sagrado, Machu Pichu, Anamcay y el leprosorio de Huambo.

En Lima establecieron muy buena relación con el médico peruano Hugo Pesce, un destacado especialista en lepra, discípulo de José Carlos Mariátegui y dirigente del Partido Comunista Peruano. Luego a Iquitos, donde colaboraron en otro leprosorio, el de San Pablo; y Amazonas abajo, en una balsa que le obsequiaran médicos y enfermeras. Pasaron por Colombia; Caracas, Venezuela, donde Granado obtuvo empleo en un leprosorio por recomendación del doctor Pesce. Ernesto, por su parte, decidió volver. El 31 de julio llegó a Buenos Aires y anotó en su diario de viajes:

“El personaje que escribió estas notas murió al pisar de nuevo tierra argentina. El que las ordena y pule, ‘yo’, no soy yo; por lo menos no soy el mismo yo interior. Este vagar sin rumbo por nuestra ‘Mayúscula América’ me ha cambiado más de lo que creí.”
Este recorrido permitió al Che tener contactos directos con los sectores sociales explotados del continente y esclarecer sus ideas sobre los graves problemas que abatían a los pueblos latinoamericanos, sus desigualdades, la explotación a la que eran sometidos y el papel que el imperialismo norteamericano jugaba en ello.

“Por circunstancias especiales y quizás también por mi carácter, empecé a viajar por América y la conocí entera (…) empecé a entrar en estrecho contacto con la miseria, con el hambre, con las enfermedades, con la incapacidad de curar a un hijo por falta de medios, con el embrutecimiento que provocan el hambre y el castigo continuos (…) Y empecé a ver que había cosas (…) tan importantes como ser un investigador famoso o como hacer un aporte sustancial a la ciencia médica: y era ayudar a esa gente…”, confesaría años después.

Otra prueba del avance de sus ideas sobre el futuro de América puede verse en las palabras que pronunció en el leprosorio de San Pablo, cuando contaba apenas con 24 años de edad:
“Creemos, y después de este viaje más firmemente que antes, que la división de América en nacionalidades inciertas e ilusorias, es completamente ficticia. Constituimos una sola raza mestiza, que desde México hasta el estrecho de Magallanes presenta notables similitudes etnográficas. Por eso, tratando de quitarme toda carga de provincialismo exiguo, brindo por Perú y por América Unida.”

Pelear, la palabra de orden

Un tiempo después, el 7 de julio de 1953, emprendió con su amigo de la infancia Carlos Calica Ferrer, su segundo viaje por América, comenzando por La Paz, Bolivia, que se encontraba inmersa en el proceso revolucionario iniciado un año antes por el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR). Allí conocieron a Ricardo Rojo, un argentino que se les unió al igual que hicieron otros más tarde. Luego de varias semanas, ya desde Perú, se trasladaron a Guayaquil, en Ecuador. Allí Calica fue a Caracas, donde lo esperaba Alberto Granados; mientras Guevara decidió viajar a Guatemala, donde había comenzado un movimiento revolucionario dirigido por Jacobo Árbenz.

Luego de un difícil periplo por Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras y El Salvador, Ernesto logró llegar a Guatemala el 24 de diciembre de 1953 y permaneció allí unos nueve meses.

Desde Honduras organizó la CIA el golpe de Estado contra Árbenz y el 3 de julio de 1954 el coronel Carlos Castillo Armas tomaba la capital y derrocaba al gobierno revolucionario. El Che se lanzó a la calle.

“En Guatemala era necesario pelear y casi nadie peleó. Era necesario resistir y casi nadie quiso hacerlo”, dijo años más tarde a José Ricardo Masetti, cuando este lo entrevistó en la Sierra Maestra.

La capital guatemalteca era sede entonces de numerosos grupos de exiliados y militantes revolucionarios y progresistas latinoamericanos. En este lugar conoció, días antes de la agresión, a Antonio López (Ñico), asaltante del Cuartel Moncada en Cuba, con quien estableció una gran amistad y abrió el camino para sumarse a otra hazaña rebelde.

Los avances en su pensamiento político pueden apreciarse en la carta que envió a su tía Beatriz el 10 de diciembre de 1953:
“… tuve la oportunidad de pasar por los dominios de la United Fruit, convenciéndome una vez más de lo terrible que son estos pulpos. He jurado… no descansar hasta ver aniquilados estos pulpos capitalistas. En Guatemala me perfeccionaré y lograré lo que me falta para ser un revolucionario auténtico... Tu sobrino, el de la salud de hierro, el estómago vacío y la luciente fe en el porvenir socialista. Chau. Chancho.”

Tras los sucesos de Guatemala, Ernesto se refugió en la embajada argentina, tachado de comunista y ya a finales de agosto se fue a México, donde permaneció unos dos años, y trabajó como fotógrafo y como alergista e investigador en los hospitales General e Infantil.

Un día se reencontró con Ñico López y este le habló del grupo de combatientes que se reunían en la casa de María Antonia González, esperando la llegada de Fidel para ir a liberar a Cuba. En julio de 1955 Fidel Castro llegó a México. En casa de María Antonia se encontraron Fidel y el Che.

“Lo conocí en una de esas noches frías de México, y recuerdo que nuestra primera discusión versó sobre política internacional. A pocas horas de la misma noche —en la madrugada— era yo uno de los futuros expedicionarios”, diría el Che, tiempo después, acerca de ese encuentro con el líder de la Revolución Cubana.
Confianza plena en la victoria y, una vez alcanzada en Cuba, continuar el combate por el bien de América, fue la firme posición del joven Ernesto. Se incorporó al entrenamiento militar que impartía el coronel Alberto Bayo, veterano de la guerra civil española, durante el cual se destacó como combatiente.

Entre el 20 y el 24 de junio de 1956, Fidel, Raúl, el Che y la mayor parte del grupo del Movimiento 26 de Julio en México fueron arrestados por la policía mexicana. En esa oportunidad, en los tres interrogatorios a que sometieron a Guevara, confesó que era comunista, que se estaban preparando para realizar una revolución en Cuba y que era partidario de la lucha armada revolucionaria en toda América Latina.

Fidel, con posterioridad, pondría esa conducta del Che como un ejemplo de su “honestidad a carta cabal”.

Guerrillas

  El 25 de noviembre de 1956 salió de México el yate Granma, con su carga de 82 valientes. El 2 de diciembre desembarcaban en Las Coloradas, en la zona oriental de Cuba, para iniciar la lucha definitiva por la libertad.

Uno de esos hombres era Ernesto Guevara, quien fue en la expedición como médico y por su inteligencia, disciplina, dotes de mando, dominio de la táctica y estrategia militar, coraje en el combate y cultura política, devino primer comandante designado por Fidel y jefe de una de las dos columnas que llevaron la Invasión hacia el occidente de la Isla, inflingiendo decisivas derrotas al ejército de la tiranía batistiana (1952-1958). Para la historia quedó la toma de Santa Clara como una de las acciones más brillantes que dirigió el comandante Che Guevara.

La victoria de enero de 1959 lo situó primero como jefe militar, y luego en diversas responsabilidades en la economía y la política exterior cubanas, sin dejar a un lado sus aportes a la formación político-ideológica del pueblo, principalmente de los sectores juveniles.

Como acordara con Fidel antes de partir de México, sus responsabilidades en el gobierno revolucionario no le impidieron dedicar una parte importante de su tiempo a apoyar al movimiento revolucionario latinoamericano.

Su primer intento de tomar de nuevo el fusil redentor en una tierra de América no pudo convertirse en realidad; el proyecto priorizado de ir a combatir a la Argentina sufrió un fulminante revés con el aniquilamiento de la guerrilla de Salta dirigida por Jorge Ricardo Masetti, a la cual el Che proyectaba incorporarse.

Fue entonces que marchó a África, al frente de un grupo de asesores militares cubanos, donde cumplió con el deber internacionalista de ayudar al combate del pueblo congolés contra la sanguinaria dictadura de Joseph Mobutu.

Y luego vino Bolivia. Allí organizó la guerrilla madre que extendió la guerra por otras tierras de América, incluyendo el combate en su país natal. Fue una lucha de gigantes, se enfrentó con sus hombres al ejército más veces y en menos tiempo que los demás movimiento armados en el continente. Tuvo victorias y reveses; pero no cejó en el empeño hasta que fue capturado y asesinado por órdenes de la CIA.

Su sacrifico no fue en vano. Hoy, a 80 años de su nacimiento, se hace más válido. La imagen del Che sigue enarbolando la consigna: bienvenida la muerte si ese, nuestro grito de guerra, ha llegado a un oído receptivo y otra mano se tiende para empuñar nuestras armas.

En la voz de un trovador
Silvio Rodríguez, de nuevo, escribió una canción al Che. Canción del albedrío conmemora los 80 años de su nacimiento y fue publicada en el sitio (la página) web dedicado a la fecha.

TONADA DEL ALBEDRÍO

Dijo Guevara el hermoso,
viendo al África llorar:
en el imperio mañoso
nunca se debe confiar.
Y dijo el Che legendario,
como sembrando una flor:
al buen revolucionario
sólo lo mueve el amor.
Dijo Guevara el humano
que ningún intelectual
debe ser asalariado
del pensamiento oficial.
-Debe dar tristeza y frío
ser un hombre artificial,
cabeza sin albedrío,
corazón condicional.
Mínimamente soy mío,
ay, pedacito mortal.

(Silvio Rodríguez, 2008)