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Lázaro Peña

Levantado y andando

Sencillez, modestia y firmeza caracterizaron al aguerrido dirigente de la clase obrera cubana

Por: PEDRO ANTONIO GARCÍA
cultura@bohemia.co.cu

(25 de mayo de 2006)

Murió cuando yo tenía apenas 20 años. La primera vez que lo escuché, rechacé su voz enronquecida. Y así se lo hice saber, con la ingenuidad y pedantería con que nos dota la adolescencia, a Juan Marinello. "Lázaro Peña es un artífice de la palabra", me reconvino el autor de Martí, escritor americano, quien me aconsejó analizar con mayor profundidad "aquellas arengas breves, jugosas y elocuentes" del líder sindical.

Marinello gustaba de referir la siguiente vivencia: "En los días más duros de la represión contra el pueblo, fuimos invitados Lázaro y yo a tomar parte en un mitin que tendría lugar en la plaza principal de Manzanillo. Seguía allí de jefe militar el capitán Casillas, asesino de Jesús Menéndez.

"En los momentos de iniciarse el acto, ocupaba Casillas el balcón de una casa cercana donde contemplaba, rodeado de su banda de matones, el desarrollo del mitin. No faltaron los que, ante situación tan violenta, aconsejaron que no se hablara del asesinato de Jesús."

La intervención de Lázaro, según Marinello, "fue en todo sentido una pieza ejemplar. En los términos inequívocos, tajantes, que el momento imponía, acusó directamente y por su nombre al culpable y sus cómplices, como instrumentos culpables de un gobierno de sumisión y oprobio. Muchas veces admiré la maestría tribunicia de Lázaro, pero no recuerdo otra tan completa en su estructura, en su sobrio desarrollo y su radiante coraje".

Inteligencia brillante

"Nace Lázaro pobre y negro, es decir, en la base doliente de una pirámide de opresiones", solía decir Marinello con razón. Transcurría entonces (29 de mayo de 1911) el gobierno corrupto de José Miguel Gómez y en el humilde hogar de Evaristo Peña –carpintero y albañil eventual– y Antolina González –despalilladora de oficio–, enclavado en el barrio habanero de Los Sitios, la llegada del niño fue bien recibida, a pesar de las estrecheces económicas.

Huérfano de padre a los diez años, abandonó el pupitre para trabajar como aprendiz de herrero, ayudante de carpintero o de albañil. Y su escuela comenzó a ser la fábrica, el taller, el trabajo, la explotación: la lucha misma. La madre logró que lo emplearan en una tabaquería: repartía café, fue lector ocasional y, finalmente, aprendió el oficio de torcedor. Dentro de ese ramo ingresó al Partido Comunista en 1929.

Dirigente sindical de base, organizó paros, sufrió cárcel. En la huelga de agosto de 1933, contra la tiranía de Gerardo Machado (1925-1933), extendió su liderato a los paraderos de ómnibus y tranvías de la Víbora, en La Habana. Los tabaqueros lo quisieron para secretario general de su sindicato provincial en 1934.

Durante la huelga de marzo de 1935 contra el régimen tiránico del coronel Fulgencio Batista y del embajador yanqui, Caffery, fue detenido. Se negó, entre maltratos y torturas, a declarar a qué casa pertenecían las llaves que le encontraron (eran de un importante local del Partido) y a denunciar dónde se hallaba Blas Roca, el secretario general de los comunistas cubanos. Al salir de prisión, ese mismo año, asumió la dirección de la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC).

Paciente y perseverante, su lucha por dotar al movimiento obrero de la Isla de una confederación unitaria cristalizó en 1939 con la fundación de la  Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC), de la que fue su primer secretario general. También fue fundador de la  Confederación de Trabajadores de América Latina (CTAL) en la cual llegó a ser vicepresidente y asumió importantes responsabilidades en la Federación Sindical Mundial. "A una inteligencia brillante sostenida siempre por la acción –solía decir el Poeta Nacional Nicolás Guillén–, añadía el don de lo criollo, (…) tenía un sentido fino, delicado, realmente cortés para presidir una asamblea, para dirigir un debate, para aclarar un concepto yendo a su raíz."

Solo mediante métodos gangsteriles, la intervención de la policía y elecciones sindicales fraudulentas lograron despojarle oficialmente de su cargo en la CTC. Pero los trabajadores en la base seguían considerándolo como paradigma de dirigente obrero. A pesar de insidiosas campañas, el pueblo continuó confiando en él y lo llevó en 1950 a la Cámara de representantes con una votación de más de 32 mil boletas, la segunda más alta en el país durante esos comicios.

Cuando Batista y su camarilla asaltaron el poder en 1952 e implantaron su sangrienta tiranía, Lázaro pasó a la clandestinidad. Después del triunfo revolucionario, la clase obrera cubana recuperó la democracia sindical y él retornó a la secretaría general de la CTC. Miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba desde su creación en 1965 hasta su muerte (11 de marzo de 1974), tuvo a su cargo la organización del histórico XIII Congreso de la CTC en 1973.

¿Cómo era Lázaro?

Un veterano dirigente sindical, Vicente Pérez Fernández, describió en una ocasión a Lázaro como "un hombre fuerte, de manos gruesas, no parecía tabaquero (generalmente los tabaqueros son delgados, de dedos finos). De cara llena, muy apuesto, elegante, lo mismo de guayabera que de traje, su voz era entrecortada, ‘roncona’, pero el contenido de su expresión, la forma en que te dirigía la palabra, hacía que tuvieras que oírlo".

En la sede de la CTC aún hablan de su sencillez. "Usted estaba en su puesto –dicen los veteranos obreros de mantenimiento–, él llegaba y decía: ‘¿Cómo andas?, ¿qué te pasa?’, y así empezaba la conversación." "Siempre daba los buenos días –escuché decir a una antigua recepcionista–, se detenía a saludar a los trabajadores, a cualquier asunto que uno le planteara, se esforzaba por dar una respuesta." "Me echaba el brazo por los hombros –afirma una ascensorista jubilada–, me preguntaba por la familia, por mis problemas personales, por cómo me trataba mi jefe."

Jaime Gravalosa, desaparecido compañero suyo de luchas, gustaba de recordar a Lázaro "con una sucesión de imágenes, desordenadas, pero apasionantes: la sonrisa que nos dejó, la mano presta al saludo, los dicharachos, la pasión por el boxeo, el béisbol y la música; su paciencia y respeto para escuchar a los demás, aun cuando no tuvieran la razón; la capacidad de analizar, orientar y convencer sin forcejeos".

Dos anécdotas

Octavio Louis Venzant, dirigente sindical ya fallecido, nunca lo vio "fuera de sus casillas, la paciencia era una de sus mejores armas. Una vez, a principios de nuestra designación al frente de la CTC (1960), tuve un brusco enfrentamiento con un representante de la patronal que trató de sobornarme, lo cual condujo a discusiones estériles y desafortunadas.

"Enterado del asunto, Lázaro me llamó (…) me dijo que no podía hacer eso, porque me ponía al mismo nivel del adversario. Lo grotesco –me explicó– te desarma, te quita argumentos, y eso es lo que buscan quienes te provocan."

De uno de sus recorridos por provincias, con la Revolución cubana en el poder, es la siguiente anécdota relatada por Vicente Pérez Fernández: "Era 1962. Habíamos tenido una reunión en Cienfuegos y cuando pasamos por Cruces, me dice: ‘Vamos para casa de Martín’. ¿Qué Martín?, digo. Se puso serio. ‘¿Tú no sabes que aquí vive Martín Dihigo? ¿Tú no sabes quién es? Me da pena decírtelo con todo lo dirigente provincial de la CTC que eres’.

"Fuimos a casa del pelotero –continúa relatando Vicente–, era un hombre alto, con unas manazas enormes. Lázaro me presentó: ‘No sé si has oído hablar de él, Martín, pero por lo menos, él dice que no te conoce. Échale en cara toda la grandeza tuya para que aprenda’."

Sencillez, modestia, firmeza

Calificarlo en una frase, es una tarea difícil. Hace años, Jaime Gravalosa lo intentó: "Siempre he pensado que bastan tres palabras para caracterizar al hombre que fue Lázaro Peña: sencillez, modestia y firmeza. Por esas cualidades, más que por ninguna otra razón, se convirtió en uno de los dirigentes más queridos de la clase obrera cubana antes y después de 1959".

Vicente Pérez Fernández confiesa no haber conocido "un cuadro dirigente obrero de su dimensión. Era el más preclaro, el más avanzado, el más inteligente y aguerrido. El de más perspectivas, capaz de anteponerse con una valentía y coraje extraordinarios a cualquier situación".

Activo en el debate, en asambleas de base o en sesiones de congreso obrero, así quisiera recordar a Lázaro. Vivo, como nos enseñara a evocarlo el desaparecido poeta Indio Naborí: "Tú estás sobre la muerte aparentada, levantado y andando". O como solía decir Nicolás Guillén: "El pueblo que él contribuyó a educar, sostendrá la bandera de la victoria más allá de la ausencia y de la muerte".

TOMADO DE: BOHEMIA DIGITAL.