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El Manifiesto de Montecristi al mundo


Por Yoel Cordoví, Investigador del Instituto de Historia de Cuba                                                                                                                        

Servicio Especial de la AIN


 
LEER MANIFIESTO

 


La fase preparatoria de la revolución, conducida por José Martí, llegaba a un momento trascendente al iniciarse el año 1895.

El aborto del Plan de la Fernandina, al ser detenidas por las autoridades estadounidenses las embarcaciones que partirían rumbo a Cuba con los principales líderes independentistas, fue un duro golpe para los trabajos revolucionarios.

Pero la decisión de llegar al suelo insurrecto era irrevocable. La Revolución nacía y reclamaba desde Cuba la presencia de hombres como Máximo Gómez, Antonio Maceo, Serafín Sánchez y el propio Martí.

Tan pronto fue emitida la orden de alzamiento y enviada a Cuba, Martí marchó rumbo a la República Dominicana a unirse con el general en
jefe Máximo Gómez.

El 7 de febrero de 1895 tocaba a la puerta del estratega dominicano en Montecristi. En esa ciudad conocieron del alzamiento en Cuba y suscribieron poco después, el 25 de marzo, el documento El Partido Revolucionario a Cuba, conocido como Manifiesto de Montecristi.

El principal documento programático de la nueva etapa de la lucha armada revelaba al mundo el carácter de la guerra que se iniciaba en Cuba, continuación de la del 10 de Octubre. Cada párrafo encerraba un concepto, cada término llevaba la fuerza y precisión del pensamiento político martiano.

La guerra, según apuntaba el Delegado en el Manifiesto, no era el “insano triunfo de un partido cubano sobre otro, ni la cuna de tiranías y de odios raciales, sino el producto disciplinado de fundadores de pueblos; la guerra sana y vigorosa de hombres capaces de gobernarse por sí mismos, sin reproducir los anquilosantes modelos de las repúblicas feudales y teóricas de Hispano-América".

Insistía Martí, sobre todo, en las capacidades del cubano como pueblo "democrático y culto". La guerra no se hacía contra el español, sino contra la política colonial hispana: "En el pecho antillano no hay odios", advertía, como tampoco había miedo a los conflictos de razas con los que amenazaban la propaganda proespañola: “Solo los que odian al negro ven en el negro odio".

Esta declaración de principios terminaba con la manifestación del alcance continental y universal de la Revolución cubana. No se trataba solo de la independencia de un pueblo colonizado, sino de "un suceso de gran alcance humano y servicio oportuno que el heroísmo de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas y al equilibrio aún vacilante del mundo".

La plena identificación de criterios entre el Delegado del Partido Revolucionario Cubano y el General en Jefe no se redujo a la firma del
documento. En carta a Gonzalo de Quesada y a Benjamín Guerra, Martí
reseñaba la interioridad de un momento, susceptible de haber quedado en el silencio:

“Del Manifiesto (...) luego de escrito no ocurrió en él un solo cambio" y a continuación expresaba que: “sus ideas envuelven (...), aunque proviniendo de diversos campos de experiencias, el concepto actual del general Gómez y el Delegado".

El contenido revolucionario y ético del Manifiesto constituyó para líderes como Máximo Gómez una guía para la guerra y el principal argumento para desmentir declaraciones de las administraciones estadounidenses contrarias a los principios de la Revolución y sobre todo para enfrentar las campañas autonomistas.

Una vez concluido el conflicto bélico, el manifiesto fue bautizado por el Generalísimo como “el Evangelio de la República".

De acuerdo con sus declaraciones al pueblo, había que agruparse siempre alrededor de la Bandera cubana, para que “con el Manifiesto de Montecristi en la mente y el corazón, como el evangelio que levanta el alma de Cuba a su mayor altura (...) empecemos la obra pacífica de la verdadera redención de un pueblo que por su historia merece el respeto de otros pueblos".