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Ciro Redondo garcia

Combatiente de primera línea

El 9 de diciembre de 1931 nació en una humilde casa de la calle Tres, en el municipio habanero de Artemisa, el segundo hijo de Evaristo Redondo y Clara García, a quien pusieron por nombre Ciro.

Aquel adolescente de carácter fuerte y alegre siempre estuvo contra las injusticias y es por eso que cuando Fulgencio Batista perpetró el cuartelazo del 10 de marzo de 1952, enseguida Ciro se unió a unos amigos para enfrentar a la dictadura.

En julio de 1953 Ciro dejó su trabajo y junto a otros jóvenes de Artemisa participó en el asalto al cuartel Moncada de Santiago de Cuba. Tras la orden de retirada, permaneció varios días en los alrededores de esa ciudad oriental y por una delación fue tomado prisionero y condenado a diez años en la Causa 37 de 195; sólo cumplió 22 meses en el Presidio Modelo de Isla de Pinos.

En las declaraciones brindadas en la vista del juicio, celebrado en el antiguo Hospital Provincial santiaguero, Ciro Redondo manifestó: “Vine con la firme convicción de que nuestro ejemplo, en caso de que NO triunfáramos, iba a ser beneficioso para Cuba” y después añadió:”Vine por voluntad propia, vine a acabar con Batista y si veinte veces tuviera la oportunidad, 20 veces lo haría”.

La amnistía decretada para él y sus compañeros llegó gracias a la gran presión que ejerció el pueblo sobre la tiranía de Fulgencio Batista. Luego de cumplir prisión, Ciro Redondo se exiló en México y fue uno de los 82 expedicionarios del yate Granma.

Tras el revés de Alegría de Pío, pocos días después del desembarco Ciro Redondo se internó junto a Raúl Castro y otros compañeros en un cañaveral de la zona. El 9 de diciembre, el hoy General de Ejército escribió en su diario: “Hoy fue el cumpleaños de Ciro, brindamos con caña”.

Luego de un año de luchas en la Sierra Maestra, el Che informó que el joven capitán “murió de un balazo en la frente en una acción realmente heroica” en el combate de Mar Verde.

Pocos días después Fidel proclamó que “considerando las virtudes de valor, disciplina y capacidad” se disponía “su ascenso póstumo al grado de Comandante del Ejército Revolucionario desde esta fecha que marca el primer aniversario de la gesta libertadora”, el 2 de diciembre de 1957.

Cuando cayó en combate, hace 45 años, el Che lo denominó como uno de los inconmovibles puntales de la Revolución

Por: PEDRO ANTONIO GARCÍA

Años después del triunfo revolucionario, al escribir un relato de guerra para la revista Verde Olivo, el Che consignaría: "Uno de los pocos campesinos que quedaban en la zona (...) trajo la noticia de que en la casa de Reyes, uno o dos kilómetros arriba, ya subiendo la Sierra de la Nevada, había un grupo grande de soldados acampados. No podía ser otro que Sánchez Mosquera".

"La tropa de Sánchez Mosquera era del carajo –me dice ahora (2002) el hoy general de brigada Luis Alfonso Zayas, combatiente de la columna del Che en la Sierra-, se fajaba de verdad. En aquella acción ellos (los enemigos) se baten con Camilo, quien les hace dos o tres bajas y se retira. Los soldados dan una vuelta y vienen por el firme, y se meten en Mar Verde. El Che hace una emboscada con los pelotones de Lalo (Sardiñas), Raúl (Castro Mercader) y de la Comandancia por el sur; y el de Ciro (Redondo) por el norte."

A media tarde del 29 de noviembre de 1957, se oyó una intensa balacera en el parte superior de la posición. "(Luego) me llegaba la noticia triste –recordaría el Che-, Ciro Redondo, tratando de forzar las líneas enemigas, había sido muerto".

"Cuando Ciro avanza –añade Zayas-, se encuentra con un guardia que le queda enfrente, pero hay otro que está en un flanco y este es el que lo mata. Su muerte fue para nosotros un dolor muy grande. Se había ganado el cariño y el respeto de los compañeros, era muy querido por todos."

Dicen que le caracterizaba su sonrisa, porque fue siempre muy alegre y bromista. De niño prefería el campo y los ríos; su juguete más usado: una caña de pescar; y la sonrisa no le cabía en el rostro cuando llegaba a la casa con una rama de mamoncillo o de ateje cubierta de biajacas y con los bolsillos llenos de mangos y otros frutos.

Ciro Redondo García había nacido en Artemisa el 9 de diciembre de 1931. "Bueno y trabajador -solía decir Clara, su madre (ya fallecida)-, fue un niño estudioso y de voluntad acerada." Él mismo se confeccionaba sus avíos de pesca. "Cuando regresaba –contaba Clara-, me tendía el montón de biajacas en el piso para que yo me pusiera orgullosa de él. Y cómo había que freír, chico."

Zayas, quien lo conoció de adulto en la guerrilla de Fidel, lo recuerda "físicamente estilizado pero fuerte, tenía el porte de un militar. Ni muy trigueño ni muy blanco, tenía el pelo castaño oscuro. Era una gente jovial, afable, muy cuidadoso y presumido en su aspecto personal, muy pulcro, algo muy difícil de mantener en la Sierra. Enérgico, vigoroso, y a la vez con una caballerosidad extraordinaria".

Cuentan que, apenas un quinceañero, trabajaba en una tienda de ropa, irónicamente llamada La revolución, y por las noches estudiaba mecanografía y teneduría de libros. Se vinculó desde su fundación a la Juventud Ortodoxa porque le atraía la prédica de Chibás de oponer la vergüenza contra el dinero en una época cuando 30 monedas y una maquinaria política casi decidían la posesión de un escaño parlamentario.

Cuando el tirano Batista, con su golpe de Estado, interrumpió el ritmo constitucional del país, Ciro estuvo entre quienes pensaron que el momento era revolucionario y no político. "Fue también uno de los artemiseños que vinieron al desfile de las antorchas, celebrado en La Habana el 28 de enero de 1953", asevera el también asaltante al Moncada y amigo suyo Mario Lazo.

"Meses antes del asalto al cuartel santiaguero, después del descanso de fin de semana –recuerda la combatiente Caridad Pereda, Carucha-, lo oí hablando con unos compañeros en la academia en que estudiábamos por las noches. ‘Fui 13 veces al bate y bateé 11’, decía. Cuando supe la noticia del Moncada, caí en cuenta de que no se trataba de ningún juego de pelota, eran prácticas de tiro."

 

"Lo vimos en Siboney, a pocas horas del combate –rememora Lazo-, y mantenía su carácter jocoso, ahora acompañado de una gran serenidad. Recuerdo que cuando llegó el momento de ponernos los uniformes del ejército, se reía de algunos compañeros diciéndoles que se parecían al cabo de la guardia de Artemisa."

Ciro sobrevivió milagrosamente al asalto del cuartel santiaguero. Capturado por los esbirros, vio cómo asesinaban ante él a su compañero Marcos Martí. En el juicio declaró: "Vine a acabar con Batista y si 20 veces tuviera la oportunidad, 20 veces lo haría". Lo condenaron a diez años de cárcel.

De regreso a Artemisa en mayo de 1955, debido a la amnistía general que el pueblo le arrancó a la tiranía, los moncadistas sufrieron el hostigamiento de los órganos represivos del régimen. Ciro no se cuidaba al afirmar en publico: "La sangre que se derramó no se puede olvidar. Hay que seguir luchando y ahora, con más fuerza, con más patriotismo. Yo te digo que el que habla con Fidel, lo sigue hasta vencer o morir".

Tras caer varias veces detenido y permanecer 32 días en la cárcel del Príncipe, en La Habana, el Movimiento 26 de Julio determinó su salida del país. Marchó a México para reunirse con Fidel y hacer juntos el compromiso de ser libres o mártires. Su preparación militar en la tierra de Juárez quedó resumida en la siguiente evaluación, realizada al finalizar los entrenamientos: "Buen tirador (...), muy disciplinado y de excelente resistencia física. Apto para mandar tropas. Reacciona ante cualquier situación con rapidez. Magnífico combatiente de primera línea. Siempre asistió a las prácticas con entusiasmo".

 

Expedicionario del yate Granma, tras la trágica sorpresa de Alegría de Pío integró el grupo de Raúl Castro Ruz y participó en el reencuentro con Fidel en Cinco Palmas. Intervino en las acciones victoriosas de La Plata, Arroyo del Infierno, Altos de Espinosa y Uvero. Con el grado de capitán, pasó como jefe de pelotón a la columna 4 bajo el mando del Che.

"Recuerdo que Ciro y Ramiro (Valdés) se asociaban para compartir la comida –afirma Zayas-; una vez nos habían dado una sardina, una salchicha y la lata de leche para 10 días, muchos nos las comimos enseguida, pero a Ciro y a Ramiro les alcanzó. Se tomaban solo una cucharada, con tremenda disciplina, para cumplir lo establecido."

Inconmovible puntal

En Mar Verde, la llegada de la columna de refuerzo del entonces capitán del ejército batistiano Sierra Talavera salvó de la derrota a la tropa hostigada por la guerrilla. El Che orientó la retirada y esta se hizo sin problemas. Años después escribiría: "La pesadumbre era grande, se aunaba el sentimiento por no haber podido aprovechar la victoria contra Sánchez Mosquera y la pérdida de nuestro gran compañero Ciro Redondo. Envié entonces una carta a Fidel proponiendo su ascenso póstumo y poco después se le confería ese grado".

"Ciro murió de un balazo en la cabeza al frente de la gente, en una acción realmente heroica –escribiría el Guerrillero Heroico al Comandante en Jefe por aquellos días-, (...) había conseguido que su tropa lo admirara y lo siguiera. Fue un buen compañero y sobre todo, uno de los inconmovibles puntales en cuanto a obsesión de lucha."

No es de extrañar que cuando al Che le encomendaron llevar una columna invasora a Las Villas, la nombrara Ciro Redondo García.

 

Fuente: Revista Bohemia Digital